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sábado, junio 16, 2007 |

descarnada, en minúsculas iniciando.
Fallecí un día en que el sol más naranja jamás conocido no hacía más que extender sus brazos de vistosos y trágicos colores amenazando en esconderse pusilánime y altivo. En su retirada miraba éste desde el horizonte sabiéndose dueño del amanecer siguiente y del otro y del que estaba por llegar.

Hallábame sonriente tentada de tocar ese atardecer apoyada sinuosa sobre una barandilla cuando sin más me precipité al vacío, vacío que en cuestión de segundos fue ocupado por un trailer de lona perdida, en mi precipitar pude comprobar que la carga de éste estaba compuesta por miles de millones de trillones de algodones, mi tranquilidad ante la inevitable caída se hizo minúscula cuando al impacto le siguió un clavar de alfileres recién afiladas. Más tarde, ya fallecida yo, descubrí que entre los algodones se ocultaban un mar infinito de alfileres de contrabando. Miles de millones de trillones de clavadas después morí de mortal necesidad.

Tras la fatal muerte y un funeral tan bonito como ese atardecer, anduve un tiempo descreída, descorazonada e incluso descarnada. Levité perdida.

No ví luz que me guiase. Mi desesperación empezaba a apoderarse de mí cuando en la nada divisé un ser que hacía mí se dirigía, achiné ojos buscándole llaves, a manos sueltas iba él. Y así habló cuando los labios despegó:

- Ser fallecido ¿a qué te dedicas pues?.
- Pues estaba en una barandilla cuando… ¿iré al cielo?.
- Siempre igual, los recién llegados nunca cambiareis. Elige dedicación, di.
- Pero ¿quién eres?, ¿dónde estoy?.
- Eres, eres una fallecida. Y yo, yo soy D.W. Griffith, famoso antaño y...
- Ya, ya… pero….

Tras una larga conversación en la que no puedo precisar el tiempo, pues aquí no existe, elegí dedicación. Erizado se le puso el pelo a Griffith y se pellizcaba mientras se alejaba balbuceando “collejera, collejera… grrrrrr una fallecida que se quiere dedicar la eternidad dando collejas”.

Pues eso, collejas. Ya blandía puño cuando seguía oyendo renegar al Griffith profiriendo palabras malsonantes“tremenda fallecida esta que quiere total exclusividad, pues será sólo una persona la receptora de sus collejas”.

Precioso traje blanco inmaculado, toneladas de blanco y triste maquillaje, ojeras rojas como la sangre que derramé y el alma en un puño y… colleja mañanera que le despierte a él, colleja acompañante al baño para él, colleja con rabia de golpe seco cuando se expresa él, colleja con la más tremenda de las penas en su espejo…. tengo la eternidad, de hecho, estoy instalada en ella. Pues eso, collejas.