domingo, octubre 07, 2007 |
Érase una vez que se era un avestruz cuyo nombre era Marcos. Era éste de hermoso plumaje, largas y torneadas piernas y de unos ojos tan grandes e inmensos que le hacían ser el avestruz con los ojos más grandes e inmensos que jamás existió. A pesar de ello no eran sus ojos lo más notorio de Marcos pues contaba éste con un cuello tan cortito que casi juntábanse cabeza y cuerpo.
Un día que quejoso correteaba Marcos por las verdes praderas, tanto que sus lamentos podían oírse así en las Antípodas como en Teruel, encontrose con doña Urraca, y así habláronse:
- Dime sonoro Avestruz ¿por qué demonios lanzas tan terribles lamentos que no dejaronme dormir?.
- Ayyyyy, Ayyyyy…..-para en seco y desconcertado dice- ¿no será usted Doña Urraca o a mí me lo parece?.
- Parécete bien.
- Y dígame qué hace aquí, en mitad de mi pradera, y… qué hace en este tiempo.
- Si he de ser franca tan extraño es para mí como para ti, imagino, gritón avestruz, que la que esto escribe ahora va y me rescata, pero pronto acaba… la historia, pues sueño, creo que ella tiene, y ahora dime a qué vienen esos lamentos, pues si lastimado estás yo cura doy, pero si es por divertimento estos alaridos prometo… –gesticula con manos y rostro- alargar tu cuellos hasta que ni sostenerlo puedas.
- Ay pues gran favor me haría señora doña, pues mire que en difícil tesitura me hallo, triste acongojado afligido angustiado… gritón como antes me vio.
- Acorte ave, acorte… que la cabeza me estalla con tanta parrafada, diga…
- Digo, señora, que, y remontándome lo menos posible, los de mi especie asustones somos, solución dieron mis antepasados escondiendo la cabeza en la tierra, no ver es no temer. Continuaría yo la tradición sino fuera por mi problema, que si bien no me afea, si me limita en mi temor. Mire usted, doña señora, yo que me asusto, y al esconder cabeza he de agacharme tanto tanto tanto que dejo mis lindas posaderas blandiéndose pudorosas.
- ¿Y…? –díjole ella con acto atroz de ahogarle cuello.
- Pues señora que cuando agáchome temeroso soy poseido de forma posesiva.. ¿usted me entiende?.. poseido, posaderas….
- Ya, ya….
- Y esa es mi tesitura, agáchome y escondo cabeza si miedo tengo y me expongo a una posesión cuando menos posesiva o guardo posaderas y muero de un ataque a este corazón, si me pinchas no ves que sangro, ser o no ser poseido, con cien cañones…
- Ay que te arranco el cuello y zanjo problema si sigues hablando.
- Pues deme solución o esta que escribe no pone fin al escribir. Dígame ¿qué hago?.
- Déjame pensar –y por la pradera paseó y a él avestruz volvió- jodido en ambos casos te hallas, tanto si escondes cabeza pelona como si no, pues en un caso poseído eres y en el otro de miedo mueres, pues por qué no esconder tus lindas posaderas en el primer agujero que encuentres cuando sientas miedo y con tus plumas tus ojos tapar.
El avestruz asintió y de alegría se emocionó. Y así, ambos dos se dieron la mano/pluma en señal de despedida deseando no volver a encontrarse.
miércoles, agosto 01, 2007 |
sábado, junio 16, 2007 |
Hallábame sonriente tentada de tocar ese atardecer apoyada sinuosa sobre una barandilla cuando sin más me precipité al vacío, vacío que en cuestión de segundos fue ocupado por un trailer de lona perdida, en mi precipitar pude comprobar que la carga de éste estaba compuesta por miles de millones de trillones de algodones, mi tranquilidad ante la inevitable caída se hizo minúscula cuando al impacto le siguió un clavar de alfileres recién afiladas. Más tarde, ya fallecida yo, descubrí que entre los algodones se ocultaban un mar infinito de alfileres de contrabando. Miles de millones de trillones de clavadas después morí de mortal necesidad.
Tras la fatal muerte y un funeral tan bonito como ese atardecer, anduve un tiempo descreída, descorazonada e incluso descarnada. Levité perdida.
No ví luz que me guiase. Mi desesperación empezaba a apoderarse de mí cuando en la nada divisé un ser que hacía mí se dirigía, achiné ojos buscándole llaves, a manos sueltas iba él. Y así habló cuando los labios despegó:
- Ser fallecido ¿a qué te dedicas pues?.
- Pues estaba en una barandilla cuando… ¿iré al cielo?.
- Siempre igual, los recién llegados nunca cambiareis. Elige dedicación, di.
- Pero ¿quién eres?, ¿dónde estoy?.
- Eres, eres una fallecida. Y yo, yo soy D.W. Griffith, famoso antaño y...
- Ya, ya… pero….
Tras una larga conversación en la que no puedo precisar el tiempo, pues aquí no existe, elegí dedicación. Erizado se le puso el pelo a Griffith y se pellizcaba mientras se alejaba balbuceando “collejera, collejera… grrrrrr una fallecida que se quiere dedicar la eternidad dando collejas”.
Pues eso, collejas. Ya blandía puño cuando seguía oyendo renegar al Griffith profiriendo palabras malsonantes“tremenda fallecida esta que quiere total exclusividad, pues será sólo una persona la receptora de sus collejas”.
Precioso traje blanco inmaculado, toneladas de blanco y triste maquillaje, ojeras rojas como la sangre que derramé y el alma en un puño y… colleja mañanera que le despierte a él, colleja acompañante al baño para él, colleja con rabia de golpe seco cuando se expresa él, colleja con la más tremenda de las penas en su espejo…. tengo la eternidad, de hecho, estoy instalada en ella. Pues eso, collejas.
miércoles, abril 25, 2007 |
Este sitio nunca se ha caracterizado por una exposición de la que suscribe en exceso personal. A pesar de ello, en cada escrito hay un sinfín de pinceladas tan personales e íntimas que si tuviera constancia de su trascedencia, y entendederas hacia el que lee, mandaría el susodicho sitio a tomar por ambas nalgas. El motivo, por intranscendente, nace muerto. Me dispongo, pues, a hacer una salvedad a todo lo anteriormente relatado y a hacer una introspección mismamente hacia mis adentros y referir, ya puestos, a por qué sigo sin tener facilidad para el respirado de aire o por qué el nudo en la garganta persiste en su anudamiento. La causa, en última instancia y sabedora yo de ello, es el enamoramiento de vientre, vulgarmente conocido como de tripas. Si bien los enamoramientos de sesera, corazón, alma... incluso los de manos no sufren, en la mayoría de los casos, lesiones duraderas y de irreversibles resultados; no ocurre así en el caso de los enamoramientos de tripas, pues estos persisten en el daño causado a lo largo del tiempo, visible en el hecho devastador de que hay días en que el estómago continúa batiendo caprichoso tripas, sin orden ni mesura.
Introspeccionándome me hallaba cuando...
decidí cerrar ojos y esperar ser sumida en un sueño tranquilizador. Ocurre -y esto cuenta como inciso explicador- que en la necesidad de ingerir líquido encontré cierto placer al beber Font Vella con sabor limón, no ocurriendo así con el agua mineral a secas que me aburría tanto que dejé de tomarla. Ocurre -igualmente como inciso explicador- que a lo largo de la noche me despierto en varias ocasiones sedienta de este líquido. Ocurre -ya sin ser inciso explicador, sino arranque de la historia verdadera- que me acomodé en la duermevela, caliente, estirada... y en la media vuelta conciliadora me di de bruces con con un ser de escasos centímetros con un cierto y preocupante parecido a James Brolin que me dijo así:
- Pide un deseo mujer gigante.
- ¿Tres? -dije yo.
- No, mujer sorda, uno, pide uno y no te pases de listilla o te quedas sin deseo.
Instalada y creyente yo en mi sueño, le pedí agua mineral Font Vella con sabor a limón y por si colaba le pedí que ésta me fuera dada sin necesidad de levantarme a media noche. Ya imaginaba yo el vaso a escasos centímetros de mi sedienta boca siempre que ese fuera mi deseo. Sí, eso deseaba.
Al despertar con ese maravilloso sonido del despertador taladrante de sienes me introspeccioné por esto de mis sueños absurdos. Nada más lejano a la triste realidad, pues estando frente al espejo que me devuelve mi bello rostro pude comprobar que en mitad de mi frente se hallaba un grifo de cobre estilo rococó. Me quedé inmóvil, absorta, estupefacta, imbécil... abrí el grifo y de él brotaba la más abundante y fresca agua con sabor a limón Font Vella. Los hechos que sucedieron a continuación serán imaginables y cuando menos entendibles por todos, sin flequillo tapador aquel grifo en mi frente era más visible que la contenedora, yo.
Nunca tengo sed. Mis amigos se me disputan en excursiones, viajes, salidas...
Esto es lo que sé de cuando no me quiso.